La tragedia del pobre conductor de autobús

Autobús abarrotado   Esta tarde he cogido el autobús que hace el recorrido de la línea 23 de Alicante. Cuando he subido, he ocupado el lugar que ocupaba la hoja de la puerta delantera al cerrarse. Para validar la tarjeta en la máquina del mostrador del conductor había que estirar el brazo entre distintas personas. He sido el último que ha subido en mi parada. El conductor miraba a la gente con los ojos como platos. Mascullaba entre dientes la reducción de frecuencias, como consecuencia de los últimos recortes y -decía- impagos del Consell, al parecer acababa de volver de una baja por enfermedad que se había prorrogado durante más de cinco meses.

   En la siguiente parada se ha repetido la escena. Antes de abrir las puertas -por imposibilidad física sólo se abría una de las hojas- nos ha preguntado si cabía alguien más, cuando comprobaba desolado que nadie se apeaba en la misma. Delante de mi se agolpaban contra la luna delantera del vehículo varias señoras. Se puede ver en la fotografía -las he tomado yo y no son más explícitas para preservar la intimidad de las personas-.

   Sobre la luna, el cartel que aludía al número máximo de pasajeros. Diferenciaba entre plazas de pié, asientos y plazas para minusválidos.Plazas máximas autobús

   En la foto se puede ver, al fondo, a dos policías -vigilaban la salida de los niños de un Colegio-. El episodio del autobús, supongo, ha pasado para ellos desapercibido.

   La línea 23 de Alicante da, al menos, servicio a un instituto, dos colegios y cuatro hospitales (General de San Juan, Clínica Vistahermosa, Medimar y Perpétuo Socorro).

   Afortunadamente, nadie perdía la calma. Durante el tiempo que he empleado en el trayecto he colgado en Facebook una foto con un breve comentario el cual ha sido votado por muchas personas. En el viaje me he dedicado a meditar sobre la situación.

   Algunos amigos me han sugerido que el episodio es frecuente en ciudades como Madrid, Buenos Aires… a lo que otros han respondido que no por frecuente ha de ser correcto.

   Mis pensamientos han girado básicamente en torno a dos cuestiones:

   1) He sido consciente de que, poco a poco, se va desnudando España, el retroceso en servicios es palmario; no obstante lo cual sigue sin terminar la barbacoa de chorizos políticos con lo que los medios nos ilustran día tras día; en todos los escándalos el trasfondo económico es una constante: pocos se lucran a costa de todos.

   2) El otro tema, que me venía a la cabeza, era la cascada de consecuencias jurídicas, -civiles, administrativas y, especialmente, penales- que se generaría caso de un desafortunado accidente.

   Nos lamentamos mucho de las desgracias cuando ocurren, nos rasgamos las vestiduras y se siente una necesidad imperiosa de buscar culpables estigmatizando a alguien. No he podido dejar de acordarme de la tragedia del Alvia, de Santiago, el pasado verano.

   En aquella ocasión recuerdo que, como en otras muchas, la cabeza de turco fue la del maquinista. No seré yo quien valore el desgraciado accidente.

   En mi autobús de esta tarde… Ninguno de los presentes quería que se quedase nadie en tierra, existía una especie de solidaridad, de buena voluntad, a tal fin; a la cual no era ajeno el conductor. -¡Qué faena quedarse en tierra!- pensábamos muchos. Pero…¿Y si hubiera habido un accidente en un autobús plagado de niños? ¿Cuántas familias se hubieran roto? ¿Cuántos corazones destrozados? ¿Hubiera salido indemne el chofer al que se le hubiera reprendido no intentar meter en el autobús a todos los viajeros? Todos sabemos las respuestas.

   Existen normas que son para cumplirlas, tienen una razón de ser, forzar al incumplimiento por el profesional genera responsabilidad SOLO o, al menos, ESPECIALMENTE en su persona.

   Esa responsabilidad puede ser civil, y sufrir una condena económica que acabe con la estabilidad del condenado. Puede ser también, administrativa, como la retirada del permiso de conducir y, consiguientemente, en este caso, -no se las sanciones- el medio de vida del chofer. Si existen daños personales o víctimas mortales, la responsabilidad puede ser penal, se puede acabar en la carcel.

   ¿Era consciente de todo ello el chofer?

   Eso sí, a pocos metros de los policías que miran hacia otro lado cuando presuntamente se incumple la Ley en un autobús, existe un lujoso radar en la principal vía de acceso a Alicante con seis carriles, cuesta abajo en la que si vas a más de 50 km -lo cual, siendo prudente, es sumamente fácil- te dan un latigazo al bolsillo que te hunde el mes.

   Ya está bien de hipocresía administrativa, política y de tolerancia contra los que incumplen ¿no os parece?

Antonio Ripoll Soler

Notario de Alicante

www.notariaripoll.com

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2 Comentarios »

  1. Lo triste es que esta es una imagen a la cual, poco a poco, nos estamos acostumbrando. Y ya no sólo en los autobuses: en Madrid he visto situaciones similares en metro y cercanías (por la reducción de frecuencias) mientras que las tarjetas de transporte suben de precio al mismo ritmo en que se quitan medios.

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