El preso que dio poder en la carcel para ser padre

IMG_3238   Con el encargo de unos poderes notariales para firmar en la cárcel empieza esta historia. El otro día Elena, una de mis colaboradoras, me comentó que tenía que acudir a la cárcel para asistir a un preso que debía firmar unos poderes. Hasta ahí todo normal. Lo que me llamó la atención fue el contenido del poder. Se trataba de autorizar a una mujer a inscribir a la niña en el Registro civil resultando progenitor el preso. No es algo que se haga habitualmente. En estos casos, siempre me gusta que las personas que trabajan conmigo aprendan y entiendan el por qué se hace un documento y no otro, así como los matices que los diferencian entre sí.

   Revisando el documento, le dije que no estaban casados, me contestó que no lo sabía y yo le dije que lo preguntara a la chica porque hacía falta para preparar el poder. Le sorprendió que yo supiese de la inexistencia del matrimonio. La explicación legal se encuentra en que, con arreglo a nuestra Legislación, se presumen hijos del marido los nacidos después de la celebración del matrimonio y antes de los trescientos días siguientes a su disolución o a la separación legal o de hecho de los cónyuges. Marido, aunque socialmente se entienda cualquier pareja, legalmente sólo es el que se casa con papeles. Así, salvo que constase la separación de hecho al Encargado del Registro Civil, la presunción legal juega todos sus efectos.

   Al comprobar la documentación, Elena, mirando las fotos del D.N.I. del padre y madre, poderdante y apoderada, me dijo:

   – Qué caras tienen… parecen buenas personas…

   – No estamos para eso, le contesté. No sabemos lo que este chico ha hecho y por algo estará ahí.

   Sin embargo, cuando me he presentado en el Centro Penitenciario de Foncalent para prestar mi servicio, tras los controles rutinarios, sentado cara a cara con el preso. Me ha venido a la cabeza el comentario de Elena. En efecto, tenía aspecto de buena persona, jovial, educado, ilusionado con su hija. Le he comenzado dándole la enhorabuena. Ha sonreído. Explicado el contenido del poder y estando conforme; no he podido evitar -cosa que nunca había hecho antes- preguntarle: ¿Por qué estás aquí?. Las palabras de Elena me habían llegado al corazón, el candor con el que lo dijo y la presencia del preso.

   El chico me ha contado que estaba convencido de que se trataba de un error policial, que bajó a Valencia, que el día que hicieron una redada, preparada hacía meses, se encontraba comiendo con uno de los perseguidos y, simplemente, le salpicó el tema y ahora se encontraba en prisión por algo que no había hecho y que desconocía. Esta persona lleva ocho meses esperando a ser juzgado y ser absuelto -lo que espera y desea- o ser declarado culpable. Se encuentra en prisión preventiva.

   En esta situación están aquellos que son imputados en algún hecho delictivo para evitar su fuga, bien por peligrosidad, bien por alarma social. A este chico le podrían condenar a un máximo de seis años de cárcel.

   Indudablemente, yo no soy quien para juzgar si merece o no el castigo. No se si es culpable o no. Sin embargo, como persona y como jurista, sí se que es evidente que aquí la Justicia presenta una crisis.

   En efecto, puede que sea culpable, pero también puede que no. En este último caso, sin ser culpable, habrá redimido, a día de hoy, casi un veinte por cien de la pena. Se ha perdido el embarazo de su mujer, el nacimiento de su hija; los daños emocionales son irreparables. La Justicia lenta no es Justicia. Para impartirla hay que partir de una situación neutral que nuestro sistema no da.

   Al final me he despedido del preso, sus palabras educadas de agradecimiento por la rapidez y eficiencia del servicio -así lo ha dicho-; así como el drama humano de su situación por un ineficiente sistema, me han animado a escribir este post. Porque, dentro o fuera, pero ya, eso sí es Justicia, ¿no lo veis así?

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1 comentario »

  1. Comparto su opinión, y es verdad este nuestro sistema judicial, cada día es mas preocupante, no tanto por su lentitud, como por algunas incompresibles sentencias, mas encauzadas, parece ser, al escarmiento de la ciudadanía, que a detener la corrupción el delito de cuello blanco.
    un saludo

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