De “testador” a “causante” (cuando el testador fallece)

   No todos los testamentos son iguales, o, al menos, en el mundo kelseniano del deber ser, en la mente de los legisladores del Código civil no deberían ser iguales. Por desgracia, muchas veces, desde las propias notarías, nos hemos esforzado en estandarizar la máxima expresión de la última voluntad de una persona; bien porque en nuestra sociedad existe un patrón de lo que las personas normalmente quieren, bien por propia comodidad para el que plasma esa última voluntad o para el compañero que, posteriormente, al fallecer el testador, se enfrenta al reto de hacer la escritura de partición de herencia y templar los ánimos de los herederos que, por desgracia, no siempre están simplemente apenados por la falta del ser querido.

   Quien me ha regalado su tiempo, leyendo mis escritos, probablemente, en alguna ocasión se ha encontrado alguna referencia a Alfonso, el oficial de mi primera notaría, a quien con cariño y agradecimiento recuerdo, cuando decía:

“Don Antonio, el testamento normal es gloria bendita, de uno para otro y luego para los hijos”

   No le faltaba algo de razón, si bien, esa afirmación se centraba en el trabajo del notario cuando ha de autorizar la escritura de partición de herencia. Sea mejor o peor, esa forma de hacer testamento da poco juego. Todos a partes iguales, poco hay que repartir, pocos acuerdos que adoptar y, al final, todos los herederos pasan por el redil marcado no se sabe bien si por el notario o por el testador. No quiere decir esto que ese testamento no esté bien hecho o no sea el más adecuado. Sí, en cambio, que la comodidad no justifica prescindir de la última voluntad del testador.

   Ultimamente, otra frase que me he guardado por la fuerte carga valorativa que conlleva, también en relación a los testamentos ha sido una que, periódicamente, trae a colación Elena, quien con soltura y dedicación, no exenta de la necesaria calidez y rigor, atiende y redacta testamentos en mi notaría. Elena, el otro día, al enfrentarse a un testamento complejo decía:

“Hay personas que no se dan cuenta de que no se puede seguir mandando después de la vida”

   Y no le falta razón a Elena. Sin embargo, Elena, ya sabe que a mi me gusta que el testamento refleje fielmente la voluntad del testador y su voluntad se podrá educar, advertir de los riesgos que conlleva y explicar las consecuencias de sus decisiones, pero es la que es, la que preocupa a una persona y la lleva a enfrentarse al hecho de hacer un testamento, lo cual no siempre es del agrado de todo el mundo. A veces, en broma, le digo:

“Miedo me da cuando empiecen a fallecer las personas a las que les he hecho testamento y tengas que preparar la herencia”

   Porque, ciertamente, hago muchos testamentos “normales”, pero entres los testamentos que autorizo, también hay muchos que no lo son, como sucede, o debería suceder, en todas las notarías.

   El otro día, se presentó una persona en mi despacho que quería que la atendiese yo personalmente. Tras advertir tanto a quien la atendió antes de entrar a la sala, como a mi cuando me senté con ella, de su formación jurídica -supongo que como El Principe que lo aprendió todo en los libros, pues no parecía haber ejercido nunca-, me indicó que venía a que le explicase el testamento de su madre, desafortunadamente ya fallecida.  Su forma de proceder, aunque cada cual tiene su carácter y forma de expresarse, la verdad, no me pareció adecuada:

“Yo soy jurista. Vengo a que me explique este testamento porque no hay quien lo entienda”

   Afirmación que extendía no sólo a ella misma, sino también a otros, al parecer, técnicos, que se habían enfrentado a la lectura del testamento que, en su día, yo había preparado.

   La verdad, yo, de la señora, no me acordaba. Habían pasado muchos años desde que confió en mi haciendo el testamento. La actuación del notario empieza y acaba con la autorización de la escritura, la cual no tiene obligación legal de conservar en su memoria, como explicaba en el post anterior, al hablar de la testificar notarial. Leí el testamento por encima, ciertamente no era un testamento normal, tenía mucho anclaje técnico y algo querría concretamente la testadora, motivo por el cual el testamento estaba redactado de esa manera, pues el notario debe “indagar e interpretar y adecuar al ordenamiento jurídico” la voluntad del testador.

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   Tras esa primera lectura, pregunté a la señora qué era lo que nadie entendía. Y me señaló una cláusula concreta. Le dije que yo no recordaba los motivos por los que su madre había testado de esa manera, pero, gustosamente, pese a su tono expeditivo, empecé a leer con ella el testamento desde el principio. Después de cada disposición indicaba a mi interlocutora, la preocupación -en abstracto- que su madre tenía detrás de determinada cláusula. Tras la segunda aclaración, su actitud cambió radicalmente. Repetía una y otra vez: “¿Cómo sabe usted eso?” o refrendaba lo que yo le decía enlazándolo con una concreta problemática situación familiar que la familia había atravesado y que no estaba relatada en el testamento, pero sí subyacía en el espíritu de sus cláusulas.

   Cuando terminé, tras una hora larga, mi explicación, pregunté a la señora, que se encontraba visiblemente relajada y con el espíritu aquietado:

“Entonces, realmente, ¿usted cree que el testamento no se entiende? ¿No cree que refleja fielmente la voluntad de su madre, lo que le preocupaba, y su deseo de paz familiar entre los hermanos?

   La respuesta trasladaba agradecimiento y complacencia. Al mismo tiempo, noté como la señora se encontraba reconfortada al haber descifrado el mensaje que su madre había dejado a los hermanos.

   Sucede que los testamentos, hay que saber leerlos, pues a veces, aunque lo deseable es que no tuviesen que ser explicados, contienen lenguaje jurídico, referencia a instituciones y, en ocasiones, cita de preceptos legales. Aún me pregunto si realmente eran juristas todos aquellos que se habían enfrentado al testamento de esta historia o simplemente era una forma de imputar a otros la falta de conocimientos para entender el testamento.

   La experiencia fue sumamente reconfortante, como notario, pues enfrentar mi testamento al escenario que, en una situación compleja, se planteaba cuando al fallecer la señora había pasado de testadora a causante, justificó el tiempo invertido en plasmar su voluntad como realmente era.

   Y es que, a veces, el testador cuando desnuda su alma al notario juega a ser Dios, y escribe derecho con renglones torcidos. 

Antonio Ripoll Soler

Notario de Alicante

www.notariaripoll.com

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2 Comentarios »

  1. Enhorabuena Antonio!! La diferencia estaba claramente en el profesional que , además de esforzarse en traducir a un documento jurídicamente sólido la voluntad del cliente, es capaz y está dispuesto a dedicar más de una hora a los sucesores , y conociéndote lo harías con una sonrisa en la boca e incluso disfrutando didácticamente .

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